Sentados formando una circunferencia, relatan su testimonio y se reconfortan los unos a los otros. Un moderador al frente del grupo orquestra las intervenciones de estos adictos con ojeras sobre los que pesa la culpa. Este es el cliché con el que el imaginario popular retrata a las personas que padecen un trastorno mental crónico desencadenado por factores psicosociales, ambientales, biológicos y genéticos que parecen dejar poco espacio a la culpa. Se han vuelto adictos a alguno de los placeres que el mercado, legal o ilegal, invita a consumir.

Escena de la película El club de la lucha (1999) dirigida por David Fincher

La sumisión al hedonismo se traduce en la pérdida de la salud mental que la OMS define como el “estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad”. Soportan además el lastre social de ser considerados viciosos o débiles de carácter. Detrás de estas acusaciones, la mayoría de las personas adictas padecen además otro trastorno mental. Y pese al volumen de pacientes con patología dual, ni lo tratan por si solos los centros de atención a la adicción ni las unidades de Psiquiatría del sistema público de salud.

Más del 70% de los pacientes adictos padece una alteración psiquiátrica y alrededor del 51% de las personas con enfermedad psiquiátrica sufren adicción a alguna sustancia. La existencia de dos redes clínicas que tratan las enfermedades mentales en paralelo: la de la salud mental y la de drogodependencia, da lugar al síndrome de la puerta equivocada. Los pacientes con comorbilidad deambulan de una red a otra, sin una respuesta adecuada a su diagnóstico. Si la patología dual se ignora, el tratamiento es un fracaso asegurado. Las drogas que ingiera una persona con esquizofrenia que sufre una adicción interferirán en su tratamiento antipsicótico y una persona adicta que ignore el trastorno mental que sufre, fallará en la terapia. La necesidad de formular criterios diagnósticos compartidos y llevar a cabo un programa integrado supone un desafío. Desde el punto de vista de la eficiencia, un enfoque integral reduciría los costes pues disminuirían las duplicidades de los recursos disponibles.

El estado incipiente de la investigación científica y la falta de pruebas objetivas dificultan el compromiso con este proyecto y provocan que la patología dual sea una realidad clínica infravalorada. En los años ochenta se demostró que en las personas adictas existe un desajuste cerebral que interfiere en la capacidad para dominar los impulsos. Hoy se conoce que las “neuroadaptaciones en las vías cerebrales del estrés y la recompensa asociadas al estrés crónico, y no sólo la impulsividad como tanto se ha repetido, predisponen a una vulnerabilidad a ambos tipos de trastornos o a enmascarar dicha vulnerabilidad”. La psiquiatría española lidera este proyecto. El término se acuñó en nuestro país por el profesor Miguel Casas, que junto con Nestor Szerman, han situado a la Sociedad Española de Patología Dual (SEPD) a la cabeza mundial en esta área científica. Pese al liderazgo y a la evidencia científica, los consensos profesionales continúan excluyendo la patología dual del Manual de Diagnósticos y Estadísticas de Enfermedades Mentales (DSM) y dificultando un enfoque integral del tratamiento del paciente.

Deshacerse del estigma es fundamental para el tratamiento. La adicción a la comida se incorporó en 2012 al DSM como enfermedad mental y la cadena estadounidense NBC tienen previsto estrenar la decimoséptima edición del reality show The Biggest Loser en enero del próximo año. Los concursantes, personas con obesidad o sobrepeso, compiten por un premio de 250.000 dólares que gana quien más peso pierde.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Post Navigation